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Suplantados por plantas: ¿Por qué nos han sustituido por vegetales en los eventos públicos?

Julían Genisson
25 junio, 2020 1:32 pm

Me entero de que el Liceu ha reabierto sus puertas con un concierto especial en el que el público ha sido reemplazado por plantas, literalmente suplantado. Inmediatamente, me he acordado de una broma que hacíamos durante los primeros paseos autorizados post-confinamiento: señalábamos cualquier hierbajo que había crecido entre dos adoquines cuando nadie podía pisarlos (el suelo de Madrid es vergonzoso, esto es aparte), y decíamos: «¡Nosotros somos el virus!». Han pasado tantas cosas desde entonces que habrá quien no se acuerde, pero durante los primeros días de Todo Esto muchos compartían imágenes de animales salvajes campando a sus anchas en las ciudades desiertas, cuerpos de agua cristalinos o cielos descontaminados (el cielo de Madrid también es vergonzoso), con el comentario: «Nosotros somos el virus». Nosotros los humanos, que todo lo vandalizamos, que todo lo corrompemos, que todo lo empeoramos con el solo hecho de estar, etc.

Por eso me parece no solo ingenioso y estético, sino profundo, que quien sea que decide estas cosas haya pensado en sustituirnos por plantas en los eventos públicos, ahora en el Liceu pero ya en las primeras galas de Operación Triunfo post-confinamiento. ¿Qué dice esto de nosotros? ¿Qué dice de las plantas? ¿Qué dice de nosotros como plantas?

En primer lugar, sustituir lo humano por lo vegetal no es algo nuevo: desde que los humanos entierran a sus muertos (me lo estoy inventando) dejan flores en las tumbas. Por un lado, son un sustituto simbólico de los supervivientes: «La vida sigue y no podemos quedarnos aquí para siempre, pero dejamos esto como garantía de que volveremos; no podemos no volver con la excusa de cambiar las flores, porque más pronto que tarde se van a pudrir». Por otro lado, representan al propio muerto y su extraña vitalidad post mortem (es un no vivo en el que nos agrada pensar, y en todo caso es preferible figurar el cadáver no como algo que se descompone, sino que se marchita).

En una lectura psicoanalítica (entendiendo el psicoanálisis como la teoría según la cual todos nuestros pensamientos son más o menos intercambiables: da exactamente lo mismo que pensemos en un lobo o en nuestro padre, por ejemplo), la equivalencia de personas y plantas tiene un significado pulsional claro: la fantasía de ser objeto de cuidados sin tener que interactuar con nadie; y, en el caso más específico de las flores: la fantasía de ser órgano sexual de cuerpo entero, de ser enteramente sexo para no tener que preocuparse de practicarlo. (Aquí no puedo evitar pensar en las inquietantes composiciones vegetales de Arcimboldo).

En una lectura más propiamente cultural (¡me había olvidado de que estaba hablando de un concierto!), delegamos en las plantas el trámite de asistir al evento, porque no podemos, claro, pero también porque no queremos: es el concepto de «interpasividad» de Žižek y Pfaller, el consumo delegado en un otro. Muchos nos resistimos a reconocerlo, pero no podemos con la cultura o directamente la odiamos: porque se ha vuelto incapaz no ya de ayudarnos a entender el mundo, sino de entretenernos, y porque, sencillamente, no damos abasto. Viene de lejos, pero con el estado de alarma se ha agravado: no hay otra cosa que hacer que ver, oír, leer, y a la vez no nos da la vida para ver, oír y leer todo lo que hay por ver, oír y leer (a las series o lecturas pendientes de antes del confinamiento se suman nuevas series y libros sobre el confinamiento: ni aun viendo las series al doble de velocidad damos abasto, ni aun escribiendo un libro entero sobre mí es razonable que esperes que me lo lea).

En un mundo en el que el ocio es una tarea más, lo importante no es tanto el disfrute estético individual de los productos culturales como su pura circulación (del mismo modo en que, teóricamente, se nos permite circular por la calle, pero no estar parados). Por eso me descargo todas las películas que sé que querría ver si quisiera ver algo, y las guardo en un disco duro, al lado del anterior disco duro atiborrado de películas: el disco duro como soporte «interpasivo» que me dispensa de ver yo nada personalmente. Y, por lo mismo, las plantas del Liceu nos ahorran el suplicio de ir al concierto, el suplicio en el que se ha convertido todo contenido, presencial o no: los músicos tocarán igual y las entradas se vendarán de todas maneras; ¿qué más da quién ocupe las butacas, mientras tenga contorno y sea más o menos vertical? ¿Y quién me dice que ahora mismo hay alguien de carne y hueso leyendo esto, y no una planta de supermercado colocada delante de una pantalla? ¿Qué más da en el fondo, mientras se comparta?

En una lectura más evidente, las plantas nos representan porque nosotros mismos nos hemos visto reducidos, durante el confinamiento, a una especie de existencia puramente vegetal o «vegetativa»: alimentarse, reproducirse y crecer, en términos aristotélicos; «actividades esenciales», en términos biopolíticos; en términos concretos: ir al súper, hidratarnos y demás tareas de mantenimiento, tomar el sol (en el caso de los más privilegiados, literalmente; el resto girando la cara hacia algún tipo de pantalla luminosa).

¿Quién no ha salido a aplaudir estas semanas con la sensación de ser una maceta más del balcón? La vida sigue, pero en mucho más pequeño: no podemos movernos ni desear (propiedades del «alma sensitiva», que compartimos con el resto de animales), porque para movernos hacen falta espacios abiertos, y para desear hay que creer en el futuro; muchos tampoco hemos podido pensar claramente (propiedades del «alma racional», que compartimos con los dioses), porque solo podemos pensar paseando. Así pues, plantas antropomorfas, «ciudadanos florero»: ya ni la cultura nos necesita como meros espectadores pasivos.

Para acabar, algo que escuché hace unos días en la tele y que me resultó inmensamente triste. No sé si lo soñé, pero en todo caso lo twiteé: un niño explicaba que había crecido 7 centímetros durante el confinamiento.

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