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¿Periodismo o activismo? La revolución en las redacciones de EEUU y América Latina

PlayGround
18 junio, 2020 10:45 pm

El periodismo en Estados Unidos está en un punto de quiebre. Y si lo está allí, en el (aún) país más poderoso y donde residen algunas de las instituciones globales de este oficio, lo está también en América Latina. Desde hace años.

Hoy los periodistas, dueños y audiencias se preguntan dónde están los límites entre activismo y periodismo: cuándo se cruza esa línea casi invisible, que cada persona y empresa coloca en sitios distintos.

Las manifestaciones de las últimas semanas en contra de la violencia policial y el racismo han abierto un debate no sólo en la sociedad sino en la redacciones estadounidenses. Un artículo de opinión en The New York Times que llamaba a lanzar a las Fuerzas Armadas a las calles para contener las manifestaciones, escrito por un senador, provocó una revuelta al interior del diario y en redes sociales. Al final, renunció el editor de Opinión.

En días posteriores sucedió algo similar con un alto directivo del Philadelphia Inquirer tras la publicación de otro artículo. Y el editor en jefe de la revista Bon Appétit, del emporio Condé Nast, renunció por acusaciones de racismo (una foto en su Instagram detonó todo).

Tras lo sucedido en The New York Times, Arthur Sulzberger Jr, presidente y director ejecutivo, dijo: “No nos retiramos de los principios de independencia y objetividad. No pretendemos ser objetivos sobre cosas como los derechos humanos y el racismo”.

Axios, un medio nativo digital, autorizó a sus periodistas a participar en las manifestaciones y señaló que pagaría la multa si son arrestados. Sin embargo, los códigos de ética de ambos medios restringen la forma en que sus periodistas actúan en redes sociales.

Los periodistas afrodescendientes y de otras minorías han aprovechado el momento para seguir exigiendo más y mejores espacios, y apertura en lo que pueden o no decir en redes. Las periodistas llevan muchos años haciendo lo mismo.

La objetividad superada

En América Latina la situación es aún más complicada, y el momento más nebuloso. Los periodistas deben pelear en contra de los despidos, la pauperización de las redacciones, los salarios indignos, las nulas prestaciones, los ataques desde el poder —físicos y en redes— y los asesinatos.

Y además de ello, deben ofrecer información cotidiana sobre temas que rompen a cualquiera: corrupción, homicidios, violencia de género, desapariciones, migraciones forzadas, narcotráfico, pobreza y todos los males que son superlativos en nuestros países. Habría que sumar a todo ello la peor pandemia en un siglo.

En Estados Unidos se plantea la discusión actual como una ruptura generacional: la vieja escuela, que busca ser objetiva e imparcial, contra una nueva generación más empática respecto a su realidad. La tumba de A.M. Rosenthal, editor ejecutivo de The New York Times hasta 1988, tiene grabado: “He kept the paper straight” (Él mantuvo al periódico firme).

En América Latina esa discusión sobre la objetividad lleva años superada. Miguel Ángel Bastenier, periodista español, dijo al respecto: “El periodismo es una percepción sobre la que se basa la narración escrita, el multimedia, el periodismo de datos y el mejor trabajo de investigación, y, por ello, una declaración inevitablemente subjetiva”. Y para el periodista argentino Martín Caparrós “la objetividad es imposible”.

Pero la línea entre el periodismo y el activismo es cada vez es más difusa. ¿Cómo cubrir el Apocalipsis sin intentar ponerle un freno? La periodista mexicana Marcela Turati lo dijo así: “Somos una generación que tuvo que dejar los manuales, empezar a tomar otros roles y batallas (…) Nos toca ver cómo haremos para defender la vida; estar contra el silencio es una lucha por la vida. Lo podemos hacer mediante pequeñas acciones: llevar la camiseta puesta, marchar, tuitear, cuestionarse, hablar en voz alta, poner resistencia con el cuerpo; todo eso es oponernos para que la muerte siga avanzando”.

En el Festival Gabo 2018, Masha Gessen y Matilda González Gil señalaron que su labor periodística podía ser considerada activismo. Y la periodista María Elena Salinas también dijo: “Si quieren calificar nuestra lucha por los derechos de los migrantes como activismo, adelante. Yo me enfoco en contar las historias de los migrantes y promover el diálogo. Pero no dejemos que nos censuren al calificarnos de activistas por hacer nuestro trabajo”.

En un Consultorio Ético de la Fundación Gabo, los periodistas Álex Grijelmo y Javier Darío Restrepo contestaron “no”, de una u otra forma, a esta duda: “A veces me dicen que tomo la bandera de activista cuando se trata de reportajes que tienen que ver con temas de derechos humanos. ¿Cuándo un periodista se convierte en activista? ¿Es ético? ¿Está permitido sentir emociones o empatía cuando estamos ante el dolor ajeno?”.

Y la periodista chilena Mónica González dio con el punto débil, o quizá el más fuerte, de la diferencia entre ambos términos:

“Las consecuencias de las violaciones a los derechos humanos en nuestros países son tan masivas y dramáticas, que se hace difícil mantener la debida distancia que debemos establecer como periodistas frente a hechos de esa naturaleza y magnitud. Más complejo aún mantener a raya nuestras emociones».

No obstante, agrega, «precisamente por la enorme tarea que implica mostrar a los ojos de todos a los responsables de esas violaciones y cómo se expresa en el plano humano el balance de muerte y destrucción que dejan en las personas, es imprescindible hacer un esfuerzo mayor y chequear esas informaciones con una cuota doble de rigor».

Si errar en un dato, un nombre o una información sobre cualquier hecho noticioso es un problema, en este tipo de hechos donde la justicia y el poder político en general están al debe en nuestros países, ese tipo de errores deben evitarse al máximo.

Los datos deben apegarse a la verdad estricta que hemos podido recoger y constatar. Y lo que no se pudo corroborar, no tiene cabida. Y las informaciones que emanan de organizaciones de derechos humanos y sus activistas, deben ser chequeadas con el mismo rigor que otras. Es exactamente aquí donde se juega la diferencia entre el periodismo y el activismo”.

Si ya no existe el supuesto de objetividad, y estamos en el entendido de que es imposible no ser empático ante los hechos que se cubren, entonces lo que queda es hacer periodismo: investigar a fondo, contrastar versiones, obtener pruebas fehacientes, revisar que las acusaciones sean ciertas. Sólo así el oficio estará blindado.

La revuelta en las redacciones —aquí y allá— continuará, porque la sociedad demanda cambios y el periodismo siempre los acompaña (o debería). Será responsabilidad de los periodistas lograr que una forma más empática de ver y cubrir la realidad no borre la delgada y difusa línea entre el periodismo y el activismo, o sobre los hechos y las verdades a medias.

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